
Quan li vam dir que aniríem al museu dels bombers que hi ha a Gex, no hi va haver migdiada. Estava tot content i excitat, i no parava de preguntar quan marxaríem, i tot i que vam intentar negociar que dormís una mica, no hi va haver manera. Així que ja ens tens a les tres de la tarda d'un dissabte d'estiu plujós anant cap al museu.
A l'entrar vam descobrir que la visita no era gratuïta, havia estat buscant per internet però apart dels horaris, molt estranys i difícils de memoritzar, no havia trobat res.
El museu està atapeït, no hi ha cap forat buit i fins i tot, aprofitant que està al costat d'unes antigues vies, uns vagons de tren han servit d'ampliació.
No està tan ben explicat com el Musée des Pompiers de Genève però el supera en quantitat de material. Si vols, et proposen les seves explicacions per visitar-lo, però anant amb el Maurici i amb el nen que es va quedar enamorat del jeep, no calia.
I què dir dels capellans amb un sac de patates com a sotana que a l'època feien el rol de bombers. El més esfereidor de tot el museu són els maniquins, que amb les seves disfresses semblen trets d'una pel.lícula de Hitchcock.
En fi, la feina que vam tenir en convèncer el nen de marxar, ell només volia tornar a entrar i muntar-se una història dalt del seu jeep.

Cuando le dijimos que iríamos al museo de los bomberos que hay en Gex, no hubo siesta. Estaba contento y excitado, y no paraba de preguntar cuando iríamos, y aunque intentamos negociar que durmiera un poco, no hubo manera. Así que ya nos tienes a las tres de la tarde de un sábado de verano lluvioso yendo hacia el museo.
El parking está lleno de camiones de todas las épocas e incluso tienen un helicóptero! Sólo bajar del coche, Martí ya corrió para ver si podía subirse en una de esas reliquias. Y así lo hizo, se sentó en la cesta del helicóptero diciendo que había sonado una alarma y haciendo el ruido del rotor. Además, su padre aún le animaba más en su historia rocambolesca, explicándole que debía agacharse vigilando con las hélices. A veces no sé quién es más niño de los dos.
Al entrar descubrimos que la visita no era gratuita, había estado buscando por internet pero aparte de los horarios, muy extraños y difíciles de memorizar, no había encontrado nada.
Ese día pudimos sacar provecho del tema bomberos, y la visita nos salió gratis. Resulta que los que se encargan son antiguos bomberos jubilados del CERN, y sólo entrar conocieron Maurici enseguida. Quizás por el mismo motivo, no dijeron nada cuando el niño corrió a subirse al jeep, pues al salir, vi un minúsculo letrero que prohibía subirse a todos los camiones. Pero resultaba tan tentador, sobre todo cuando no había ninguna puerta que lo impidiera.
El museo está atestado, no hay ningún agujero vacío e incluso, aprovechando que está al lado de unas antiguas vías, unos vagones de tren han servido de ampliación.
No está tan bien explicado como el Musée des Pompiers de Genève pero lo supera en cantidad de material. Si quieres, te proponen sus explicaciones para visitarlo, pero yendo con Maurici y con el niño que se quedó prendado del jeep, no era necesario.
En la parte de arriba tienen uniformes y cascos de diferentes épocas y venidos de diferentes lugares del mundo. Incluso hay un pequeño homenaje a los bomberos que murieron en las torres gemelas. El valor de algunas de las reliquias contiene varios ceros, y lo que más cautivó a mi marido fue un casco de los EEUU de 1930.
A mí no me fascinó ningún objeto, sería más bien chocar, sobre todo el super casco del Congo de 1930 que tanto puede servir para ir a apagar un fuego, como para hacer un safari.
Y qué decir de los curas con un saco de patatas como sotana que en la época hacían el rol de bomberos. Lo más aterrador de todo el museo son los maniquíes, que con sus disfraces parecen salidos de una película de Hitchcock.
En fin, el trabajo que tuvimos para convencer al niño para irnos, él sólo quería volver a entrar y seguir con historia montado en el jeep.
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